COMENTARIO / Amanda Espejo
La madrugada del día 27 de Febrero del
año 2010, quedará grabada para siempre en la memoria de quienes
habitamos gran parte de esta larga faja de tierra. A las 3:34 Hrs. de
aquél sábado, casi tres cuartas partes de nuestro país se
convulsionaron en mayor o menor grado, sembrando la destrucción y
causando el pánico en la totalidad de sus habitantes.
El
violento sismo que llegó a tener 8,8 grados en el epicentro, estremeció
íntegramente no sólo la corporalidad de nuestros compatriotas , sino,
hasta lo más profundo de sus conciencias. Y es que la catástrofe
producida por el terremoto – calificado como el quinto más violento a
nivel mundial – vivió , a los pocos minutos su contraparte en el mar,
sumándose a la desgracia en tierra, intensos tsunamis a lo largo del
borde costero.
Para todos los que vivimos la experiencia, en
alguna parte de los eternos minutos en que sentimos que el cielo y la
tierra entera se desmoronaría sobre nosotros, resultó, hay que
admitirlo, imposible sustraerse al recuerdo de las viejas profecías en
cuanto a “ el fin de los tiempos”. Más aún, para los que conservan viva
en la retina imágenes de la reciente película 2012 que, como toda
creación efectista, caló hondo en las sensibilidades de espectadores de
toda edad. Claro que esta vez, no hubieron efectos especiales.
La
cruda realidad desplegada con la simpleza que identifica las
expresiones inevitables, superó la aplaudida ficción por el sólo hecho
de ser eso: realidad.
El asombro, el miedo y hasta terror que se apoderó de todos los actores
reales en esta situación, no necesitó más de dos minutos y fracción
para rebajar a todo ser humano al estado primitivo de indefensión que
tuvieron los primeros habitantes de este planeta. Nada, nada se pudo
hacer contra la fuerza viva de la naturaleza en constante evolución, y
no hubo tecnología top, o aparato complejo de última generación que
pudiera hacer frente a aquello o, tan siquiera ponernos a salvo. Toda
la tecnología computacional y comunicacional al mismo tiempo, nada
pueden hacer sin una base de energía encauzada por el hombre. Sin
embargo, a modo de bofetada en el rostro, la energía viva, en estado
“salvaje”, nos vapuleó hasta los cimientos con un simple corcoveo en
vías de un acomodo del planeta.
Resulta aconsejable y hasta de
primera necesidad el detenerse a pensar en ello....y también en la
soberbia solapada que solemos portar cada uno de nosotros a medida que
avanzamos en poder material y en niveles de conocimiento. Es indudable
que hay etapas del saber que nos saltamos o ni siquiera las
presentimos, sobre todo, con respecto a la sabiduría principal de
conocernos a nosotros mismos y el tipo de relación que deberíamos
mantener con nuestro entorno.
Durante las horas que siguieron al
desastre, hemos podido ser testigos de la degeneración del ser humano
frente a situaciones límites. Sin duda, hoy como nunca, vuelve a
recobrar vigencia la frase del pensador Thomas Hobbes, Homo homini
lupus, “El hombre es un lobo para el hombre”.
Y esta vez, para vergüenza nuestra, no es en algún país africano,
asiático o una isla lejana inmersa en la miseria: esta vez es en el
nuestro: nuestro orgulloso Chile, punto de encuentro obligado de
recitales internacionales, festivales y eventos faranduleros y de
divertimiento. Es el mismo Chile admirado por su avance y estabilidad
económica que salió en menos que canta un gallo de la crisis económica
que afectó mundialmente a la humanidad el año pasado. Un Chile (mi
Chile) ad portas del desarrollo, sin niveles de desnutrición y sin
analfabetismo, con una construcción sólida y asísmica que, sin embargo,
dejó ver “la hilacha” en varios edificios, puentes y hasta hospitales
recientemente construidos.
El Chile cuyos habitantes se pueden
dar el lujo de veranear casi sin excepciones, de celebrar cada navidad
o fiesta principal comprando hasta lo innecesario y en donde hasta en
los lugares de menos recursos no falta la “chela” (cerveza) ni el
asadito para el partido clasificatorio ni para pasar el fin de semana
en compartimiento con la vecindad. Es a esa misma vecindad, la que
ahora el movimiento de tierra desparramó por el mapa y apartó también
de las consideraciones. El abuso, el saqueo sin razones ni miramientos,
hizo presa de una parte de “nuestros vecinos”, quienes se consideraron
en primer lugar en cuanto al cumplimiento de sus necesidades básicas.
Es
muy fácil y básico razonar así: YO tengo hambre, YO tengo sed, miedo,
angustia o lo que sea, pero ninguno de esos saqueadores estaba sin un
techo sobre sus cabezas, las partes de su cuerpo están completas y su
raciocinio tan en buen estado - o limitado, según se mire – como para
urdir estrategias para su beneficio.
¡Qué vergüenza produce
observar aquello! ¡Qué dolor del ser humano por el ser humano mismo!,
por el deterioro que se puede llegar a manifestar en nuestra especie en
presencia de una situación límite. Y qué remezón a nuestras conciencias
entumecidas por los logros varios del día a día.
A pesar de
tantos siglos de evolución de la especie sobre el planeta, nuestro
interior no ha evolucionado lo suficiente, y tal vez nunca lo haga, en
el sentido de que lo arcaico siempre puede permanecer en nuestro
interior por mucho que lo maquille la modernidad. Sin embargo, no
podemos olvidar que somos seres pensantes, con capacidad de
comprensión, capaces de autoanalizarnos en descarnado y sin miedo para
que, producto de tal examen, podamos conocer bien nuestras debilidades
y fortalezas y así, sepamos mantener a raya nuestro impulsos primitivos
tal como corresponde a personas civilizadas, seres realmente
evolucionados que no deseamos en ningún modo volver a la época de las
cavernas.
Afortunadamente y como el opuesto necesario para lo
anteriormente descrito, así lo han entendido gran cantidad de jóvenes y
personas de toda edad que, lenta pero ciertamente, comienzan a
organizarse para ir en ayuda del semejante que realmente sufre, ese, al
que nunca deberíamos desconocer puesto que es, ni más ni menos, uno más
de nuestros propios reflejos multiplicados infinitamente en cada uno de
los átomos de vida que conforman esta esfera rebosante de maravillas,
riquezas y estallidos llamada Tierra.
Habrá, cuando pase el
temblor, que sentarse a reflexionar sobre el sentido que le deseamos
dar a nuestra discontinua existencia para que, otra vez enfrentados a
el derroche de vida ( La verdadera fiesta, a decir de Georges Bataille)
expresado por las fuerzas vivas de nuestro planeta -sepamos reaccionar
e interactuar dignamente en ella.
Quilicura, 2- marzo - 2010

















Amanda...
Y ya se está viendo, ...
Y ya se está viendo, Silvia, después del golpe y como reacción a la oscuridad, la luz está saliendo a flote obligando a las tinieblas a retraerse.
¡Cuán reconfortante es eso!
Parabienes sinderos para tí...
AMANDA ESPEJO
REVISTA LA MANCHA